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Trauma colectivo y pospandemia.

Actualizado: 28 jun 2022

Nunca habíamos estado tan solos(as) juntos(as), ni tan juntos(as) mientras estábamos vulnerables. Lo vivido en el marco de la pandemia por coronavirus ya había creado las condiciones para un trauma colectivo extraordinario. Luego (o de manera paralela), el terrible horror de algunos eventos sociales como el asesinato de líderes y lideresas sociales en Colombia y países centroamericanos, la guerra en Ucrania y la escalada de violencia en algunos países de Europa en los últimos meses, asestó a la psique colectiva.

¿Cómo soportar estas dos catástrofes, una que agrava la otra, cómo no sucumbir al miedo, la hostilidad o el abatimiento?

Hoy te comparto una nota muy personal, a propóstio de los contextos laborales en los que me muevo.


Hace unas semanas tuve una conversación con una colega cercana en Ucrania. "¿Qué le está pasando a mi país?", me dijo por teléfono, con la voz quebrada por la agonía. Creció cerca de algunos de los principales lugares protagonistas de la tragedia de los últimos 100 días en ese país. No estaba planteando una pregunta; en ese momento, cualquier respuesta, por muy bien intencionada que fuera, habría sido inadecuada. Necesitaba expresar su dolor, que ese dolor fuera presenciado y recibido.


En todo el país y en todo el mundo, mientras tratamos de evitar estar traumatizados(as) por trágicos momentos propios de la humanidad, debemos entender que el trauma no es lo mismo que sufrir un trastorno emocional, dolor, miedo, pena, rabia o pánico, no si podemos atravesar esas emociones, encontrar formas de liberarlas para volver a un sentido pleno y presente de nosotros(as) mismos(as).


Sólo estamos traumatizados(as) cuando nos sentimos más constreñidos(as) de lo que estábamos antes del acontecimiento que indujo las emociones estresantes: cuando seguimos con temor después de que la amenaza haya pasado, a la defensiva o agresivos(as) en ausencia de peligro presente, con dolor crónico cuando nada en el momento nos está "tocando". La experiencia del duelo genuino protege del trauma.


En las primeras semanas de la pandemia de COVID-19 yo misma me encontré en un estado de negación parcial. "¿Por qué hacen tanto alboroto?" pensé. "No es peor que la gripe". Sí, sonaba un poco como el entonces presidente de Estados Unidos que había elevado la negación a riesgo del peligroso absurdo. Pero con el tiempo, empecé a notar una pesadez en el pecho, una tensión constante.


Me pregunté a qué se debía. "Tal y como están las cosas, personalmente estoy entre los menos incomodadas por las restricciones sociales", me decía. Mi única agenda para esos meses era procurar seguir apoyando con Ella Migra a tantas personas en los espacios pagos y gratuitos, y dejar en pausa tantos otros proyectos y claro, tratar de mantener el vínculo sagrado con quienes amo. En ese sentido, el encierro fue un regalo del cielo, una medida disciplinaria no solicitada pero útil que me impuso el destino. Entonces, ¿por qué la tensión? Pronto reconocí que me estaba tensando para defenderme de la apertura al dolor.


Algo en mí comprendía y se resistía a aceptar que, para bien o para mal, estaba perdiendo algo. Todos(as) estábamos perdiendo algo: una sensación de seguridad a la que, aunque sea ilusoria en el mejor de los casos, todas las personas nos aferramos; una sensación de normalidad que, por muy precaria que sea, nos mantiene en un mundo que nos parece familiar y en el que sentimos que sabemos cómo ser; una sensación de nosotros(as) mismos(as). Cuando finalmente permití y reconocí el dolor y encaré lo mejor que pude la realidad de la pérdida, la tensión disminuyó.


Sentarse con el dolor es necesario, pero este proceso, siempre difícil, lo es aún más por nuestra situación actual. El tacto es esencial para los seres humanos; es la forma más elemental de conectar. En momentos de duelo, la costumbre humana universal es reunirse, llorar juntos(as), abrazarse, participar en el llanto, la oración, el ritual, comer juntos(as), apoyarse mutuamente en la absorción de la pérdida. El virus ha inhibido y limitado las dimensiones físicas del duelo. Al igual que lo que ocurre en Ucrania y las macabras muertes de líderes y lideresas sociales en Colombia; se cobra sus víctimas sin previo aviso, una