Activa el modo avión, deja el modo supervivencia.

Nos debatimos en una paradoja: Entre el «imperativo de felicidad» y las altas tasas de depresión navega una sociedad conectada más a las pantallas que a las personas. En medio de esa tensión existencial, es necesario relativizar los dramas, elogiar la tristeza, mitigar las ansias de perfeccionismo y reivindicar el miedo. Es importante aproximarse de tanto en tanto al «modo avión» en un universo que gira en «modo supervivencia».

Estamos en una época donde la gente no encuentra sentido a las cosas sino que tendemos a sustituir las razones de vivir por sensaciones, que dan placer y son buenas pero no llenan. Hemos reemplazado los porqués por emociones intensas. Somos personas adictas a experiencias cada vez más vibrantes que nos dejan más solas por dentro cuando no existen. El estudio de nuestro circuito neuronal confirma que funcionamos así.


Una sociedad llena de vacíos se agarra a cualquier cosa: una persona, una idea, un juicio, una secta, la violencia, las obsesiones, las adicciones... La felicidad depende del sentido que damos a nuestras vidas. Como psicoterapeuta, me dedico a ayudar a que la gente tenga un equilibrio sano, porque la felicidad es un concepto muy relativo y trivializado por estos tiempos. Trato de animar a reflexionar sobre el pasado y mirar con ilusión al futuro conectando con el instante presente. Nuestras biografías tienen un alto grado de drama, de sufrimiento, de dolor, y debemos aprender a ser felices viviendo cómodos en la incomodidad real.


Somos seres atravesados por el dolor y la incertidumbre, y negarlo, sólo es anclarnos y estancarnos. En ello, el punto está en que comprender significa aliviar. Cuando uno entiende por qué le pasan las cosas, por qué reacciona así su cerebro ante determinadas situaciones, por qué su organismo enferma en momentos de amenaza, es más fácil hacer frente a todas esas circunstancias reales y universales.


¿Se puede ser feliz sin asumir que somos vulnerables y que el sufrimiento forma parte de la vida?


No. Huir de la realidad nunca nos hace felices, solo incentiva la búsqueda de vías de escape que o son sanas o son destructivas. No hay términos medios.

Aprende de tu sentir

La verdad es que de tantos seres humanos con los que he trabajado y mirando mi propia vida, tengo que afirmar que no conozco vidas sin errores, sin dolor y sin batallas. El perfeccionista es el eterno insatisfecho que nunca está a la altura de lo que quiere.


Y es que estar insatisfecho y sorfear entre vanalismos está a la orden del día debido al uso de las redes sociales en muchas partes del mundo. El 95 por ciento de los jóvenes del siglo XXI utiliza las redes sociales como huida en falso frente a los problemas porque estimulan la atención —la corteza prefrontal— y la dopamina —la hormona del placer propia de las sustancias adictivas—. Fuera del ámbito profesional, casi todos utilizamos las pantallas cuando nos aburrimos o cuando estamos estresados, y enseñamos a nuestro cerebro que ante ambos escenarios siempre hay una forma rápida de huida. Es un reflejo de la nula tolerancia a la frustración que nos caracteriza como sociedad.


Las encuestas derivadas de la pandemia por organizaciones como la OMS suelen destacar que las preocupaciones de las personas adultas son, prioritariamente, el paro, los problemas económicos y la política. ¿Si incluyera «ser feliz» en sus encuestas nos llevaríamos una sorpresa?


Nunca hemos tenido acceso a tanta información y nunca hemos sido tan vulnerables al engaño. Estamos enamorados de lo superfluo, y cada vez somos más incapaces de profundizar y llegar al trasfondo de las personas y las cuestiones. Nos quedamos en titulares, en rumores, en comentarios superficiales sobre los demás que condicionan nuestros juicios. La corteza prefrontal es la parte del cerebro que pilota la concentración y es la zona del autodominio. Gran parte de la felicidad consiste en autogestionar lo que me conviene para evitar la frustración. Las capacidades del cerebro o las usas o las pierdes.


No conozco vidas sin errores, sin dolor y sin batallas. Si nos pasamos la vida buscando ser perfectos y no fallar, enfermamos. El empeño por mostrarnos perfectos en las redes sociales ya nos está enfermando. El perfeccionista es el eterno insatisfecho que nunca está a la altura de lo que quiere, por eso vive siempre alerta para controlarlo todo. Rema con esfuerzo en un mar imposible.


Pensando en todo esto escribía también estos días:

No hablamos de los miedos. No nos gusta. Le tenemos miedo a hablar del miedo. Preferimos entonces hablar del vecino, volvernos expertos opinologos, volvernos los economistas del momento y hablar de las maravillas del norte o del declive del sur, u otros prefieren decir que menos mal están donde siguen que porque como está el mundo, estar así es mejor y entonces buscan justificar las 4 calles de la mente por las que circulan interminablemente.

Estamos todos llenos de miedos, de dudas y de incertidumbres y nos agarramos de ideas, teorías y prejuicios que sustenten nuestro lugar en el mundo. Eso por supuesto no está mal y no está bien. Eso es humano.

El punto es que si el miedo no fuera tan fuerte, los juicios que emitimos no hablarían tan duro, la violencia no tendría tanta fuerza y nuestra necesidad de control no estaría tan latente. Tenemos miedo. Y no por hablar del miedo va a pasar que lo invoquemos y que sea más fuerte. Y no por dejar de hablar de él entonces va a dejar de existir y el amor y el positivismo extremo van a entrar por la puerta.

El miedo hace parte del equilibrio, es el motor. Lo que pasa es que lo marginamos y preferimos no ser honestos y esconder nuestros miedos.

A la larga y en el fondo, en nuestra humanidad le tememos a las mismas cosas, le tememos a desaparecer sin más o a quedarnos con menos de lo que ya somos. El miedo es visceral, hormonal, cultural, familiar y social. El miedo nos constituye como CIENTOS de emociones más.

Yo le tengo miedo a muchas cosas. Pero me reconozco también porque logro ponerme delante de él para que me impulse y no para que me detenga.

Y en lo que aún tengo tanto miedo que ni siquiera lo intento, pues me tengo compasión, porque habrán otros momentos, otras vidas, tendré otras consciencias.



Te abrazo y te espero en un café virtual y en nuestros Psicoprogramas.


¿Ya escuchaste nuestros episodios para aprender de tu sentir? Escúchalo aquí.


Carolina Leguizamón M.

Psicoterapeuta